Los nudillos golpearon la puerta a las 9:14 de la mañana.
Tres toques secos. Ni rápidos ni nerviosos.
El sobre era crema, grueso, con mi nombre escrito en tinta negra y una esquina doblada por la humedad del pasillo.
Cuando lo tomé, el papel estaba frío.
Detrás de mí, la cafetera del hotel soltó un siseo corto, Leia seguía descalza sobre la alfombra, y el joyero de terciopelo vacío seguía abierto encima de la cómoda como una boca sin dientes.
El hombre de recepción no dijo mucho.
“Lo dejaron abajo. Dijeron que era personal.”

Cerré la puerta con el pestillo y dejé el sobre sobre la mesa redonda junto a dos tazas a medio vaciar y un plato con migas de croissant.
Afuera, el agua del muelle golpeaba los pilotes del embarcadero con un sonido hueco.
Dentro de la suite olía a café recalentado, al perfume de Leia pegado a la sábana y a ese metal leve que dejan las joyas guardadas demasiado tiempo.
Ella lo miró sin acercarse.
“¿Tu madre?”
Negué.
El remite no tenía nombre.
Solo el logo de un despacho jurídico del centro.
Abrí el sobre con el dedo, despacio, para no rasgar nada.
Primero salió una copia del testamento de mi abuela.
Después, una hoja de inventario de su herencia.
Luego, una nota breve escrita a mano por Amelia en una tarjeta de papelería barata: No podía dejar que siguieran diciendo que estabas loco.
Guarda esto. No me nombres todavía.
Leia se acercó. La tela fina de su bata rozó mi brazo.
En la tercera hoja estaba la línea que me dejó inmóvil.