La llamada que condenó a Aileen Wuornos y el pasado que volvió imposible un juicio limpio-QuynhTranJP - Chainity

La llamada que condenó a Aileen Wuornos y el pasado que volvió imposible un juicio limpio-QuynhTranJP

La voz de Tyria llegó por la línea con un zumbido de motel barato detrás, como si también estuviera respirando humo. Aileen tenía el auricular apretado contra la oreja y el hombro encogido, sentada en una cama hundida, con la colcha áspera enredada en una rodilla. Afuera, el neón rojo de un letrero de carretera se partía en la ventana. Adentro, un cenicero lleno, una lata tibia de cerveza, el aire espeso. Tyria hablaba bajo, asustada, diciendo que la policía estaba demasiado cerca, que podían acusarla, que no sabía qué hacer. Aileen cerró los ojos, apretó la mandíbula y le ofreció lo único que todavía creía que podía dar: su propia caída.

Lo que había entre ellas no era estable, pero era real para Aileen. Se habían conocido en 1986, en un bar de Daytona donde el olor a alcohol derramado se pegaba a los zapatos y la rockola sonaba demasiado alto para pensar. Tyria era callada, casi opaca a primera vista, una mujer que no ocupaba demasiado espacio. Aileen era lo contrario: risa brusca, movimientos rápidos, rabia encendida cerca de la piel. Una apagaba el cuarto. La otra lo incendiaba. Tal vez por eso se quedaron juntas. Aileen la miró como quien encuentra una manta seca en mitad de una tormenta. No perfecta. No suficiente. Pero seca.

Vivieron como podían. Moteles de paso, habitaciones con cortinas que olían a humedad, coches prestados, comidas envueltas en papel grasiento, noches de televisión encendida para que el silencio no se volviera demasiado grande. Tyria no trabajaba de forma constante. Aileen sí salía. Carretera, alcohol, hombres, el cálculo rápido entre hambre y peligro. Cuando regresaba, a veces dejaba monedas sobre una mesa coja. A veces comida. A veces solo el cuerpo tenso y los ojos vacíos. Y aun así, cuando entraba en una habitación donde estaba Tyria, algo en su rostro se aflojaba un centímetro.

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Ese centímetro era todo.

Lo que había detrás de Aileen venía de mucho más lejos que Florida. Venía de Michigan, de una infancia agujereada antes de empezar. Una madre adolescente que desapareció, un padre al que nunca conoció y que ya estaba en prisión por abusar de una niña, una casa donde los adultos no protegían nada. En algunos momentos, ella misma maquilló esos años. Cambió tonos. Suavizó bordes. A veces hablaba de una abuela decente, de una casa limpia. Otras veces salía el otro cuadro: alcohol, golpes, manos de hombres viejos, favores monstruosos a cambio de silencio. A los once años ya cambiaba el cuerpo por cigarrillos y comida. A los catorce estaba embarazada. Después el bebé desapareció en una adopción cerrada y el abuelo la echó de casa como si tirara una bolsa rota a la basura.

La imagen no era metafórica. Hubo bosque. Hubo frío. Hubo hojas mojadas pegadas al abrigo. Hubo noches durmiendo cerca de la tierra, con el estómago vacío y el oído despierto. También hubo una mecha corta, tan corta que casi no se veía. Un comentario. Una mirada. Una risa equivocada. Y ya estaba ardiendo. La combinación era venenosa: abandono, abuso, humillación, impulsividad, calle. Cuando años después compró un arma, el metal no llegó a una vida tranquila. Llegó a una mente que llevaba demasiado tiempo preparándose para el ataque.

Por eso el nombre de Richard Mallory pesa distinto al resto. No limpia nada, pero tampoco encaja fácil en una versión plana. Tenía 51 años. Dueño de un taller de reparación de televisores. La noche que murió recogió a Aileen en la carretera. Hablaron, bebieron, se internaron en una zona boscosa. El cuerpo apareció después: ropa puesta, cinturón abrochado, bolsillos del pantalón dados vuelta, varios disparos. Su coche fue hallado más tarde, abandonado y revuelto. Ahí están los hechos fríos. Lo demás es barro.

Aileen dijo que la violó y la aterrorizó durante horas. Dijo que le disparó para salir viva. Tyria, en cambio, contó que Aileen regresó sin señales visibles de haber peleado, se desplomó en una silla, encendió la televisión y soltó: «Hoy maté a un hombre». Una frase así cae pesada sobre cualquier mesa. No tiene temblor. No tiene adorno. Solo cae.

Luego apareció el detalle que cambió el color del caso para muchos: Mallory tenía antecedentes por agresión sexual. Había cumplido condena. Ese dato no borraba seis muertos más, ni el robo, ni los coches abandonados, ni el patrón que vendría. Pero abría una grieta. Hacía posible, al menos con él, que la historia no fuera solo la de una cazadora fría disparando por dinero. Hacía posible que aquella primera noche hubiera sido el punto donde supervivencia y violencia se mezclaron hasta volverse indistinguibles.

Después del primero ya no hubo vuelta atrás. David Spears, 47 años, obrero de la construcción. Charles Carskaddon, 40, vinculado al rodeo. Peter Sims, 65, marino mercante retirado, cuyo cuerpo nunca apareció. Troy Burris, 50, vendedor. Charles Humphreys, 56, exmilitar, exjefe de policía, investigador de abuso infantil. Walter Antonio, 62, guardia de seguridad y policía de reserva. Los nombres fueron entrando a la lista con la misma frialdad con que aparecían los escenarios: bosques, carreteras secundarias, caminos de tala, hierba arrancada, moscas, calor de Florida, tierra húmeda, motores apagados lejos de la ciudad.

La prensa encontró su estructura favorita: una mujer asesina de hombres en serie. La rareza perfecta. La frase que vende sola. Pero debajo del titular había desorden. No todos los cuerpos contaban exactamente la misma historia. Algunos estaban desnudos. Otros no. Faltaban objetos, vehículos, dinero, herramientas. Había condones usados cerca de uno. Había bolsillos volteados. Había disparos por la espalda. Había escenas que sugerían robo, otras pánico, otras una furia que no había terminado cuando cayó el primer disparo.

Y la propia Aileen no ayudó nunca a sostener una sola versión. Un día decía defensa propia. Otro admitía robo. Otro mezclaba ambas cosas en la misma respuesta. Parecía reorganizar la memoria en función del momento, o del interlocutor, o del incendio interno que la dominaba ese día. Tal vez mentía. Tal vez recordaba a pedazos. Tal vez hacía ambas cosas a la vez. En ella, la mentira no siempre sonaba estratégica; a veces sonaba como una tabla rota intentando sostener un cuerpo en mar abierto.

Había, además, un detalle que inquietaba más de lo que resolvía: no mató a todos los hombres que encontró. Según su propio cálculo, ese año trató con cientos. Solo siete acabaron muertos. Todos hombres blancos de mediana edad o mayores. Todos dentro de una franja que rozaba la edad del abuelo que marcó sus primeros años. Esa coincidencia no prueba nada por sí sola, pero tiñe todo de otra luz. En algún rincón enterrado de su cabeza, quizá no se subía a un coche con un desconocido. Quizá volvía a subir con una cara vieja.

Cuando la policía entendió que buscaba a una mujer, el caso dejó de ser solo investigación. Empezó a volverse espectáculo. En el calor del verano de 1990, mientras aún aparecían cuerpos, ya había ojos calculando películas, entrevistas, portadas, derechos. Lo extraño vende más que lo frecuente, y una asesina en serie encajaba como dinamita en la lógica del show. Mucho antes de que un jurado se sentara, Aileen empezaba a convertirse en producto.

La caída llegó por varios frentes a la vez. Un coche visto por testigos. Un accidente. Huellas. Objetos empeñados. Papeles firmados en casas de empeño que olían a metal viejo y desinfectante. El último nombre, Walter Antonio, dejó un rastro demasiado claro. Después de eso, la policía ya no estaba tanteando en la oscuridad. Sabía a quién cercar.

Y entonces eligieron el punto más blando: Tyria Moore.

Le ofrecieron inmunidad a cambio de cooperación. La instalaron en un motel que parecía decorado para una película mala: luces de neón vibrando en la pared, alfombra con olor a tabaco rancio, un teléfono sobre la mesita, agentes cerca, instrucciones sencillas. Hacerla llamar. Hacerla sonar vulnerable. Hacer que Aileen creyera que aún podía salvar algo. Tyria aceptó sentarse del lado correcto de la mesa, el lado de quienes sobrevivían.

En las grabaciones, Aileen se oye acelerada, necesitada, obediente a su propia devoción. Tyria dice que tiene miedo. Dice que podrían procesarla también. Dice que no quiere ir presa. Y Aileen, que había vivido desconfiando de casi todos, se rompe justo donde más quería proteger. Promete cargarlo todo sola. Promete confesar. Promete apartar a Tyria del fuego.

No fue una trampa sofisticada en términos técnicos. Fue peor. Fue íntima. Utilizó el único vínculo que todavía la ablandaba.

La primera jueza que vio ese mecanismo no pareció cómoda. Le molestó la forma. El uso emocional del anzuelo. La textura ética de una confesión obtenida así. Pero no siguió al frente del proceso. Hubo reemplazo. Entró un juez retirado, más útil para el rumbo que ya parecía escrito. Aileen iba a ser juzgada por la muerte de Richard Mallory. Solo por esa. Sin embargo, la fiscalía logró abrir la puerta para que entraran también los otros seis homicidios como evidencia de patrón. De pronto, el juicio por un solo crimen ya no olía a un examen puntual de hechos. Olía a avalancha.

La sala estaba cargada desde antes de empezar. Madera barnizada. Aire acondicionado demasiado frío. Zapatos de suela dura sobre el suelo. Susurros. Cuadernos de periodistas. Miradas afiladas. Aileen no llegaba como una acusada cualquiera. Llegaba con apodos pegados a la frente. Con un personaje ya construido alrededor. Con media industria asomándose a la puerta.

Y lo peor fue que parte de la autoridad que debía custodiar la limpieza del caso también había olido dinero. Policías vinculados al arresto negociaron acuerdos para libros y películas antes de la condena. Más tarde serían despedidos, pero el daño ya estaba hecho. No eran observadores neutrales. Había gente sacando brillo al espectáculo mientras la mujer del centro seguía sin sentencia. Tyria también sería asociada después con acuerdos y derechos. Hasta una pareja de Florida, que adoptó legalmente a Aileen siendo ya adulta y presa, terminaría pasando por el circuito de entrevistas pagadas y relatos vendibles. Todo el mundo parecía acercarse con una mano extendida y la otra abierta para cobrar.

Cuando el jurado deliberó, tardó apenas dos horas. Dos horas para condensar una vida torcida, siete muertos, una confesión envenenada de amor, una posible defensa propia inicial, seis crímenes posteriores, años de violencia sexual, enfermedad mental y un aparato mediático rugiendo afuera. El veredicto llegó con el sonido seco de algo que cae sin rebote: culpable. Pena de muerte.

Después vino el corredor. Años y años. Una celda estrecha. Metal. Rutina. Ruidos que se repetían hasta desgastar la mente. Ella empezó a hablar de comida contaminada, de saliva en los platos, de descargas, de presión sónica, de vigilancia constante. A veces sonaba delirante. A veces sonaba como alguien que llevaba demasiado tiempo viviendo donde la realidad ya no tiene bordes firmes. Sus abogados intentaron apelar. Ella cada vez quiso menos. Repetía que mató a los hombres. Repetía que quisieron dañarla. Repetía que, en ciertas condiciones, lo haría otra vez.

Había en sus palabras una mezcla brutal de desafío y cansancio. No la calma de quien acepta, sino el desgaste de quien ya no cree que exista una salida distinta. El Estado siguió su curso. El 9 de octubre de 2002, Florida la ejecutó por inyección letal. Su última comida fue apenas una taza de café. En el tramo final, sus palabras sonaron desconectadas y extrañamente luminosas, como si estuviera mirando otra escena a través del muro. Habló de volver. Habló de Jesús. Habló como alguien que ya había soltado el cuarto mucho antes de que el cuarto la soltara a ella.

Después se apagaron los focos grandes, pero no llegó un cierre limpio. Sus cenizas fueron llevadas a Michigan por una amiga de infancia y esparcidas bajo un árbol. Tyria desapareció de la vista pública. Nada de giras, nada de defensa larga, casi nada de voz. Los abuelos y el hermano de Aileen ya habían muerto. El hijo que entregó siendo adolescente quedó perdido tras una adopción cerrada. Sin nombre público. Sin escena final. Sin reconciliación disponible para cámara alguna.

Tampoco hubo final solemne con todos los que decían amarla. La pareja que la había adoptado en prisión no estuvo allí cuando la ejecutaron. El vínculo se enfrió, se rompió, se volvió otro capítulo borroso de confianza desgastada. Incluso en ese tramo final, Aileen sospechaba explotación. Ya no distinguía con facilidad entre compañía y uso, y a esas alturas quizá la vida le había enseñado que la confusión era razonable.

Lo que queda del caso no entra bien en una sola palabra. Monstruo no alcanza. Víctima tampoco. Hubo hombres muertos, familias destrozadas, disparos repetidos, robos, mentiras y escenas que no admiten maquillaje. Hubo también una infancia convertida en trituradora, una vida sexual marcada por violencia, una relación utilizada como llave policial, un juicio contaminado por dinero y una maquinaria pública encantada con su propio espejo.

Quizá por eso Aileen Wuornos sigue incomodando. Porque exige mirar dos superficies a la vez y sostenerlas sin que una borre a la otra. La mujer que apretó el gatillo. La niña que ya había sido arrojada al borde mucho antes.

Al final no queda un discurso. Queda una carretera de Florida al anochecer, húmeda y larga, con el calor pegado al asfalto. Queda un neón rojo temblando sobre la ventana de un motel. Queda una taza de café ya vacía en una mesa de prisión. Y en algún lugar de Michigan, debajo de un árbol quieto, un puñado de ceniza que el viento terminó de deshacer sin pedir permiso.